Noticias sobre Vida y Familia
jueves, 13 de diciembre de 2012
miércoles, 29 de agosto de 2012
sábado, 18 de agosto de 2012
martes, 14 de agosto de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
Perú: Cinco miembros del Sodalicio de Vida Cristiana reciben ordenación sacerdotal
Entre los 5 nuevos sacerdotes contamos con caleño, el Padre Alberto Hadad (primero de derecha a izquierda)
sábado, 23 de junio de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
Vivir el Silencio
Para el hombre hodierno, acostumbrado al cambio
acelerado, a la idolatría de la novedad, a la superficialidad y la evasión como
forma usual de vida, a vivir envuelto por todo tipo de seducciones, ilusiones y
engaños, poco tiempo le queda para entrar en sí mismo. El ruido y bullicio de
la vida moderna ya no es solamente una característica exterior de la sociedad
contemporánea sino que también han penetrado el interior del propio hombre. Ya
no hay lugar para el recogimiento y la vida interior, pues el fragor y la
dispersión de la rutina cotidiana van acaparando cada vez más los pocos
espacios que aún le quedan al ser humano.
Parecería como si los hombres y mujeres de nuestro
siglo tuviéramos un terrible horror al silencio, un secreto pavor a
descubrirnos carentes de la seguridad que nos proporciona la agitación y la
bulla de la vida moderna. De ahí que, muchas veces, el silencio sea visto como
una especie de amenaza para la persona.
Se hace necesario pues, recuperar una dimensión tan
importante para la realización plena del ser humano como es el silencio.
LA ESCUELA DEL SILENCIO
El silencio del que estamos hablando no consiste en
quedarse callado, en no hablar. No es una ausencia ni tampoco una mera actitud
pasiva. Tampoco se trata de una actitud exterior, pasajera y momentánea. Es
algo muchísimo más rico, más profundo. Es un estado armónico de nuestras
facultades, un estilo interior y constante. Es un silencio rico en presencia
que le abre al ser humano las puertas de la comprensión de sí mismo y lo
dispone para acoger el don de la reconciliación. Es una disposición del
espíritu que nos posibilita escuchar la voz de Dios, nuestra propia voz
interior, a los demás, así como el lenguaje de la creación.
ESCUCHANDO LA VOZ DE DIOS
El silencio siempre ha significado para el hombre
ámbito privilegiado de encuentro y comunión con el Señor. En efecto, el
silencio nos abre a la vivencia de una dimensión de acogida y reverencia que
nos capacita para el encuentro con Dios por su Palabra. El Señor Jesús es el
Verbo Encarnado, la Palabra del Padre que se hace uno de nosotros para
devolvernos la semejanza perdida, para restablecer la comunicación con Dios
rota por el pecado. El Reconciliador de los hombres se manifiesta en el corazón
silencioso del creyente, en ese corazón que aprende a callar, a silenciar su
propia palabra para escuchar la Palabra por excelencia.
El silencio nos dispone para el encuentro con Dios
en la oración personal y comunitaria, así como en las actividades ordinarias de
cada día, mediante la reverencia y la actitud oyente. El silencio nos permite
escuchar a Aquel que incansablemente toca la puerta de nuestro corazón,
esperando que alguien le abra (Ap 3, 20).
CAMINO DE PLENIFICACIÓN PERSONAL
En el silencio, la ser humano encuentra también un
marco eficaz para redescubrirse a sí mismo y el sentido de su existencia. El
silencio aparece como un excelente medio para recuperar el recto dominio
personal, el equilibrio, la paz y la armonía interior.
Silenciando nuestros desórdenes, rescatamos el uso
de nuestra facultades y potencias, heridas por el pecado. Mediante la práctica
del silencio, éstas se apartan de la ilusión y de la mentira hacia las cuales
están habituadas a dirigirse por esa grave distorsión que es el pecado para
pasar del laberinto del extravío, el desorden y la falsedad a una dinámica de
verdad y autenticidad, de realización humana y marcha ascendente hacia la
recuperación de la semejanza perdida.
El ejercicio del silencio busca conducir nuestros
hábitos inconscientes e involuntarios a un nivel voluntario, consciente y
responsable, de manera que se tornen en opciones libres, orientadas al
cumplimiento del divino Plan. Por eso el silencio es también una pedagogía de
la voluntad.
El silencio aparece, pues, como condición esencial
para iniciar un trabajo serio sobre uno mismo en la línea de reorientar
nuestros dinamismos fundamentales, desordenados por la ruptura del pecado.
HACIA LA COMUNIÓN FRATERNA
El hombre es un ser para el encuentro. El silencio
no sólo me posibilita encaminarme hacia el encuentro con Dios; también es un
espacio apropiado para vivir la comunión fraterna. El silencio, al ayudarme a
restaurar mi yo profundo, me permite autoposeerme en libertad y, desde esa
autoposesión, proyectarme a los demás, en un dinamismo amorizante, análogo al
dinamismo de encuentro con Dios, impreso en el corazón humano.
La práctica constante del silencio constituye una
valiosísima manera de reorientar mis capacidades hacia la comunicación en
autenticidad y libertad. La vivencia del silencio, no sólo me facilita la
recuperación del recto sentido del lenguaje tan devaluado en nuestros días sino
que reorienta todo mi ser -mis gestos y actitudes, mi capacidad de escucha y
acogida-, abriéndome así a la comunicación total e integral con los demás.
EL LENGUAJE DE LO CREADO
Las cosas sencillas entre las que nos movemos
escribía el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar han perdido en buena
medida su lenguaje. Y nosotros, que yo no oímos su palabra, parecemos
analfabetos ante el libro de la creación. Tan acostumbrados a manipular las
cosas, a ejercer nuestro dominio sobe ellas, que nos hemos hecho incapaces de
escuchar el misterioso lenguaje de las cosas creadas.
El silencio nos ayuda a recuperar esa fineza de
espíritu, esa sensibilidad interior que nos hace comprender el transparente y
sencillo idioma del símbolo, la fuerza afirmativa de los signos, el lenguaje
innato de la creación.
MARÍA, LA MUJER DEL SILENCIO
En Santa María, sus hijos encontramos un modelo
claro y cercano donde aprender a vivir el silencio. Su vida entera está
entretejida por el fino tramado de la reverencia amorosa, la escucha atenta, la
fineza de espíritu, la disponibilidad total, la acogida generosa, la docilidad
ante las mociones del Espíritu Santo... Ella, mejor que nadie, supo hacer de su
existencia toda un auténtico gesto litúrgico, viviendo el camino plenificador y
humanizante del silencio.
-
El silencio, ámbito de encuentro y comunión con el Señor: 1Re 19, 11-13; Sal 4(3), 5-6; Sab 18, 14-15; Lam 3, 25-26; Hab 2, 20; Sof 1, 7.
-
El silencio y la armonía interior: 1Pe 3, 3-4.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
- ¿Cuál es la importancia del silencio para tu vida cristiana?
- ¿Qué puedes hacer para vivir el silencio en un mundo cada vez más acelerado y ruidoso?
- ¿Cuáles son los principales obstáculos que encuentras para vivir el silencio en tu vida?
martes, 15 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
La familia: cenáculo de amor
"Aunque parece legítimo hablar de crisis de la familia, quizá sería más apropiado hablar de «crisis de amor». Aun cuando probablemente no en todos los casos donde se constata la «crisis familiar», con certeza en la gran mayoría –independientemente de estamentos sociales o de clasificación urbana o rural– se debe hablar de una «crisis de amor» que genera la «crisis de familia».
¿Qué es la
familia si no hay amor? ¿Una mera célula de la sociedad? ¿Un
centro donde se mezclan intereses contrapuestos? ¡Y si se trata de
una familia que se llama cristiana! Será cualquier cosa, pero del
todo alejada de ese misterio de amor, de ese sacramento de la
presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo
que Cristo Jesús es su centro y su vida. Cuando se olvida que el
matrimonio, del que surge la familia, es una vocación, un llamado de
Dios a los cónyuges para que se santifiquen por ese camino, se cede
a la rutinización y con ello al empobrecimiento que mata lo sublime
y termina por minar la unión. La vida conyugal cristiana es un
camino a la santidad. Es doloroso que hoy muchos lo olviden, o quizá
hasta lo ignoren. Cuando se olvida o se origina que el matrimonio es
un camino ascético donde los cónyuges van matando el egoísmo para
sumergirse en un «nosotros» que trasciende el «yo» y el «tú»
en una realidad misteriosa que hace presente a Cristo entre ellos, se
destruye la posibilidad de vivir una realidad maravillosa: la familia
como cenáculo de amor. Dolorosamente, es fácil constatar que hay
muchas «familias» que no son sino un egoísmo en plural.
Y, porque se
olvidan estar realidades es por lo que hoy se casa mucha gente con la
misma facilidad con la que se toma una cerveza o una gaseosa. Sin
pensarlo mucho; sin prepararse bien. La frase puede parecer poco
feliz, pero mucho más infeliz es la cantidad de hogares destrozados
por falta de amor. La cantidad de hijos víctimas, en esos hogares,
es trágico resultado de la superficialidad, donde se confunde el
misterio del amor con superficiales emociones. Incluso en muchos
casos donde hay una fuerte incidencia de factores estructurales ¡hay
tanto que se podría haber superado con un amor auténtico,
purificador!
Para muchos
resulta poco comprensible hablar de la familia como «pequeña
Iglesia» o como reflejo del Amor íntimo de Dios. Y es que falta
amor. Falta comprender que la realidad del ser humano apunta al Amor,
y que la realidad de amor que cada uno vive –cuando es de verdad
amor– es una participación de ese Amor que viene de Dios. Para
esto hay que educarse y purificarse. Cada ser humano, invitado por
Dios a la realidad sublime de participar del Amor, está herido por
el pecado –¡cómo se olvida hoy la terrible realidad del pecado!
–, y esa tendencia del anti-Amor que cada cual puede constatar en
sí es un grave obstáculo para la realización integral del ser
humano, para la integración personal y para la comunión con los
demás. Bien nos han recordado nuestros Obispos latinoamericanos en
Puebla que el pecado es rechazo del amor y ruptura de la comunión, y
que su presencia envenena al hombre y a los pueblos.
El pecado,
ruptura con Dios, es causa de la ruptura de la realidad íntima del
hombre en una fragmentación y desarticulación que le mueve a los
más angustiantes quejidos recogidos por la literatura de un Kafka,
un Camus, un Celine o un Sartre, pero vividos por hombres concretos,
cercanos. El pecado es fuente del mal que hay en el hombre y en la
sociedad. El pecado da lugar al egoísmo, que en el caso del
matrimonio es su negación, y en el caso de la familia conduce a la
cosificación de los hijos, a su apropiación como objetos, y a la
mutación de las responsabilidades de un amor promotor, liberador,
que respeta y reverencia la profunda libertad de esos «hijos de
Dios», por la de «dar cosas». Muchas «crisis» de familias se
deben a esa sustitución de la realidad del «ser», que es amor, por
la del «tener»; trágica sustitución hija de una civilización
sometida al materialismo más vulgar y al hedonismo que de él nace.
El caso de
muchos padres que por omisión incumplen sus deberes de formar en la
fe a sus hijos no es sino un ejemplo de su ignorancia de la realidad
profunda y eminentemente difusiva del misterio del amor. Incluso se
ve la dolorosa realidad de que, cuando los hijos que han recibido la
semilla de la fe en el Bautismo descubren por sí mismos las
consecuencias de esa fe, hay padres que se oponen, celosos de Dios,
de los caminos de Dios, y consideran exagerado un auténtico
compromiso liberador con el Señor Jesús. ¡Es que ignoran el amor!
¡Es que están ciegos a la realidad de Cristo! Por ello, en vez de
amor, que es respetuoso de la libertad y del destino del otro, surge
el afán posesivo, planificante, cosificador, nacido del anti-Amor.
¡Cuánto obstáculo al Plan de Dios!
El
matrimonio, la familia, son proyectos en la vida de sus miembros. Son
caminos por los cuales Dios invita a sus componentes a un encuentro
plenificador, a una conversión, a una apertura. La familia cenáculo
de amor es un proyecto de existencia, un estilo de vida fundado en el
modelo de la Familia de Nazaret. Ella constituye un horizonte que
debe orientar a todos aquellos a quienes el Señor llama a vivir la
vocación del matrimonio, o su presencia en la familia, a descubrir
el dinamismo liberador del Amor.
El llamado
de Cristo a la conversión no es una invitación a separar la vida de
la fe de la vida diaria, como algunos parecen comprender, sino a
integrar la fe en la vida diaria. Todos los actos de la vida deben
traslucir los efectos del compromiso con el Señor. En la vida
conyugal y familiar se debe buscar que la presencia transformante de
Dios se vuelque en la vida concreta, manifestándose en los diversos
aspectos y realidades de la vida diaria de cada uno de los
integrantes de la pareja y de la familia.
Amar es una
posibilidad del ser humano, pero no es una realidad fácil de
alcanzar. Amor, responsabilidad, libertad, respeto, son realidades
que van unidas. Los medios de comunicación social han vulgarizado y
envilecido la suprema realidad del misterio del amor. Es tarea de
cada cual descubrirse a sí mismo, y descubrir qué tipo de
tendencias anidan en él. Hay que seguirle la pista al anti-Amor para
darle la contra, y así hacer lugar al impulso generoso y reverente
del Amor, que es participación y conduce a la comunión. Hay un
estrecho vínculo entre la tarea de hacerse hombre, ser humano pleno,
y la tarea de abrirse a la gracia de Dios para erradicaar la
tendencias del anti-Amor y dar lugar al Amor, a sus consecuencias y a
sus participaciones.
El
matrimonio, vocación de encuentro humano en el amor, es una realidad
donde se puede verificar la verdad del «nosotros», dimensión que,
al estar enraizada en el amor, será la de un dinamismo de apertura y
comunión hacia los otros. La familia es también un medio de
relaciones que, cuando están centradas en el amor y en la comunión,
en la libertad respetuosa de cada cual, en el orden justo y prudente,
es un «cenáculo de amor» que plenifica a sus integrantes, que
abren sus vidas al Señor de la Vida, y se vuelcan generosa y
solidariamente hacia los demás seres humanos, compartiendo
inquietudes y esperanzas, y dando un testimonio efectivo de que el
amor es posible, de que es real, por obra de Aquel que es todo Amor.
El
matrimonio y la familia son realidades sublimes que deben ser
comprendidas y valoradas a la luz de la Revelación del Señor, para
que puedan ser vividas a plenitud en conformidad con el amoroso Plan
Salvífico de Dios."
Luis Fernando Figari
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