Noticias sobre Vida y Familia

miércoles, 23 de mayo de 2012

Vivir el Silencio

Para el hombre hodierno, acostumbrado al cambio acelerado, a la idolatría de la novedad, a la superficialidad y la evasión como forma usual de vida, a vivir envuelto por todo tipo de seducciones, ilusiones y engaños, poco tiempo le queda para entrar en sí mismo. El ruido y bullicio de la vida moderna ya no es solamente una característica exterior de la sociedad contemporánea sino que también han penetrado el interior del propio hombre. Ya no hay lugar para el recogimiento y la vida interior, pues el fragor y la dispersión de la rutina cotidiana van acaparando cada vez más los pocos espacios que aún le quedan al ser humano.
Parecería como si los hombres y mujeres de nuestro siglo tuviéramos un terrible horror al silencio, un secreto pavor a descubrirnos carentes de la seguridad que nos proporciona la agitación y la bulla de la vida moderna. De ahí que, muchas veces, el silencio sea visto como una especie de amenaza para la persona.
Se hace necesario pues, recuperar una dimensión tan importante para la realización plena del ser humano como es el silencio. 

LA ESCUELA DEL SILENCIO 
 
El silencio del que estamos hablando no consiste en quedarse callado, en no hablar. No es una ausencia ni tampoco una mera actitud pasiva. Tampoco se trata de una actitud exterior, pasajera y momentánea. Es algo muchísimo más rico, más profundo. Es un estado armónico de nuestras facultades, un estilo interior y constante. Es un silencio rico en presencia que le abre al ser humano las puertas de la comprensión de sí mismo y lo dispone para acoger el don de la reconciliación. Es una disposición del espíritu que nos posibilita escuchar la voz de Dios, nuestra propia voz interior, a los demás, así como el lenguaje de la creación. 

ESCUCHANDO LA VOZ DE DIOS 
 
El silencio siempre ha significado para el hombre ámbito privilegiado de encuentro y comunión con el Señor. En efecto, el silencio nos abre a la vivencia de una dimensión de acogida y reverencia que nos capacita para el encuentro con Dios por su Palabra. El Señor Jesús es el Verbo Encarnado, la Palabra del Padre que se hace uno de nosotros para devolvernos la semejanza perdida, para restablecer la comunicación con Dios rota por el pecado. El Reconciliador de los hombres se manifiesta en el corazón silencioso del creyente, en ese corazón que aprende a callar, a silenciar su propia palabra para escuchar la Palabra por excelencia. 

El silencio nos dispone para el encuentro con Dios en la oración personal y comunitaria, así como en las actividades ordinarias de cada día, mediante la reverencia y la actitud oyente. El silencio nos permite escuchar a Aquel que incansablemente toca la puerta de nuestro corazón, esperando que alguien le abra (Ap 3, 20). 

CAMINO DE PLENIFICACIÓN PERSONAL 
 
En el silencio, la ser humano encuentra también un marco eficaz para redescubrirse a sí mismo y el sentido de su existencia. El silencio aparece como un excelente medio para recuperar el recto dominio personal, el equilibrio, la paz y la armonía interior. 

Silenciando nuestros desórdenes, rescatamos el uso de nuestra facultades y potencias, heridas por el pecado. Mediante la práctica del silencio, éstas se apartan de la ilusión y de la mentira hacia las cuales están habituadas a dirigirse por esa grave distorsión que es el pecado para pasar del laberinto del extravío, el desorden y la falsedad a una dinámica de verdad y autenticidad, de realización humana y marcha ascendente hacia la recuperación de la semejanza perdida. 

El ejercicio del silencio busca conducir nuestros hábitos inconscientes e involuntarios a un nivel voluntario, consciente y responsable, de manera que se tornen en opciones libres, orientadas al cumplimiento del divino Plan. Por eso el silencio es también una pedagogía de la voluntad. 

El silencio aparece, pues, como condición esencial para iniciar un trabajo serio sobre uno mismo en la línea de reorientar nuestros dinamismos fundamentales, desordenados por la ruptura del pecado. 

HACIA LA COMUNIÓN FRATERNA 
 
El hombre es un ser para el encuentro. El silencio no sólo me posibilita encaminarme hacia el encuentro con Dios; también es un espacio apropiado para vivir la comunión fraterna. El silencio, al ayudarme a restaurar mi yo profundo, me permite autoposeerme en libertad y, desde esa autoposesión, proyectarme a los demás, en un dinamismo amorizante, análogo al dinamismo de encuentro con Dios, impreso en el corazón humano. 

La práctica constante del silencio constituye una valiosísima manera de reorientar mis capacidades hacia la comunicación en autenticidad y libertad. La vivencia del silencio, no sólo me facilita la recuperación del recto sentido del lenguaje tan devaluado en nuestros días sino que reorienta todo mi ser -mis gestos y actitudes, mi capacidad de escucha y acogida-, abriéndome así a la comunicación total e integral con los demás. 

EL LENGUAJE DE LO CREADO 
 
Las cosas sencillas entre las que nos movemos escribía el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar han perdido en buena medida su lenguaje. Y nosotros, que yo no oímos su palabra, parecemos analfabetos ante el libro de la creación. Tan acostumbrados a manipular las cosas, a ejercer nuestro dominio sobe ellas, que nos hemos hecho incapaces de escuchar el misterioso lenguaje de las cosas creadas. 

El silencio nos ayuda a recuperar esa fineza de espíritu, esa sensibilidad interior que nos hace comprender el transparente y sencillo idioma del símbolo, la fuerza afirmativa de los signos, el lenguaje innato de la creación. 

MARÍA, LA MUJER DEL SILENCIO 
 
En Santa María, sus hijos encontramos un modelo claro y cercano donde aprender a vivir el silencio. Su vida entera está entretejida por el fino tramado de la reverencia amorosa, la escucha atenta, la fineza de espíritu, la disponibilidad total, la acogida generosa, la docilidad ante las mociones del Espíritu Santo... Ella, mejor que nadie, supo hacer de su existencia toda un auténtico gesto litúrgico, viviendo el camino plenificador y humanizante del silencio.

CITAS PARA MEDITAR
  • El silencio, ámbito de encuentro y comunión con el Señor: 1Re 19, 11-13; Sal 4(3), 5-6; Sab 18, 14-15; Lam 3, 25-26; Hab 2, 20; Sof 1, 7.
  • El silencio y la armonía interior: 1Pe 3, 3-4.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
  1. ¿Cuál es la importancia del silencio para tu vida cristiana?
  2. ¿Qué puedes hacer para vivir el silencio en un mundo cada vez más acelerado y ruidoso?
  3. ¿Cuáles son los principales obstáculos que encuentras para vivir el silencio en tu vida?

martes, 8 de mayo de 2012

La familia: cenáculo de amor


"Aunque parece legítimo hablar de crisis de la familia, quizá sería más apropiado hablar de «crisis de amor». Aun cuando probablemente no en todos los casos donde se constata la «crisis familiar», con certeza en la gran mayoría –independientemente de estamentos sociales o de clasificación urbana o rural– se debe hablar de una «crisis de amor» que genera la «crisis de familia».

¿Qué es la familia si no hay amor? ¿Una mera célula de la sociedad? ¿Un centro donde se mezclan intereses contrapuestos? ¡Y si se trata de una familia que se llama cristiana! Será cualquier cosa, pero del todo alejada de ese misterio de amor, de ese sacramento de la presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo que Cristo Jesús es su centro y su vida. Cuando se olvida que el matrimonio, del que surge la familia, es una vocación, un llamado de Dios a los cónyuges para que se santifiquen por ese camino, se cede a la rutinización y con ello al empobrecimiento que mata lo sublime y termina por minar la unión. La vida conyugal cristiana es un camino a la santidad. Es doloroso que hoy muchos lo olviden, o quizá hasta lo ignoren. Cuando se olvida o se origina que el matrimonio es un camino ascético donde los cónyuges van matando el egoísmo para sumergirse en un «nosotros» que trasciende el «yo» y el «tú» en una realidad misteriosa que hace presente a Cristo entre ellos, se destruye la posibilidad de vivir una realidad maravillosa: la familia como cenáculo de amor. Dolorosamente, es fácil constatar que hay muchas «familias» que no son sino un egoísmo en plural.

Y, porque se olvidan estar realidades es por lo que hoy se casa mucha gente con la misma facilidad con la que se toma una cerveza o una gaseosa. Sin pensarlo mucho; sin prepararse bien. La frase puede parecer poco feliz, pero mucho más infeliz es la cantidad de hogares destrozados por falta de amor. La cantidad de hijos víctimas, en esos hogares, es trágico resultado de la superficialidad, donde se confunde el misterio del amor con superficiales emociones. Incluso en muchos casos donde hay una fuerte incidencia de factores estructurales ¡hay tanto que se podría haber superado con un amor auténtico, purificador!

Para muchos resulta poco comprensible hablar de la familia como «pequeña Iglesia» o como reflejo del Amor íntimo de Dios. Y es que falta amor. Falta comprender que la realidad del ser humano apunta al Amor, y que la realidad de amor que cada uno vive –cuando es de verdad amor– es una participación de ese Amor que viene de Dios. Para esto hay que educarse y purificarse. Cada ser humano, invitado por Dios a la realidad sublime de participar del Amor, está herido por el pecado –¡cómo se olvida hoy la terrible realidad del pecado! –, y esa tendencia del anti-Amor que cada cual puede constatar en sí es un grave obstáculo para la realización integral del ser humano, para la integración personal y para la comunión con los demás. Bien nos han recordado nuestros Obispos latinoamericanos en Puebla que el pecado es rechazo del amor y ruptura de la comunión, y que su presencia envenena al hombre y a los pueblos.

El pecado, ruptura con Dios, es causa de la ruptura de la realidad íntima del hombre en una fragmentación y desarticulación que le mueve a los más angustiantes quejidos recogidos por la literatura de un Kafka, un Camus, un Celine o un Sartre, pero vividos por hombres concretos, cercanos. El pecado es fuente del mal que hay en el hombre y en la sociedad. El pecado da lugar al egoísmo, que en el caso del matrimonio es su negación, y en el caso de la familia conduce a la cosificación de los hijos, a su apropiación como objetos, y a la mutación de las responsabilidades de un amor promotor, liberador, que respeta y reverencia la profunda libertad de esos «hijos de Dios», por la de «dar cosas». Muchas «crisis» de familias se deben a esa sustitución de la realidad del «ser», que es amor, por la del «tener»; trágica sustitución hija de una civilización sometida al materialismo más vulgar y al hedonismo que de él nace.

El caso de muchos padres que por omisión incumplen sus deberes de formar en la fe a sus hijos no es sino un ejemplo de su ignorancia de la realidad profunda y eminentemente difusiva del misterio del amor. Incluso se ve la dolorosa realidad de que, cuando los hijos que han recibido la semilla de la fe en el Bautismo descubren por sí mismos las consecuencias de esa fe, hay padres que se oponen, celosos de Dios, de los caminos de Dios, y consideran exagerado un auténtico compromiso liberador con el Señor Jesús. ¡Es que ignoran el amor! ¡Es que están ciegos a la realidad de Cristo! Por ello, en vez de amor, que es respetuoso de la libertad y del destino del otro, surge el afán posesivo, planificante, cosificador, nacido del anti-Amor. ¡Cuánto obstáculo al Plan de Dios!

El matrimonio, la familia, son proyectos en la vida de sus miembros. Son caminos por los cuales Dios invita a sus componentes a un encuentro plenificador, a una conversión, a una apertura. La familia cenáculo de amor es un proyecto de existencia, un estilo de vida fundado en el modelo de la Familia de Nazaret. Ella constituye un horizonte que debe orientar a todos aquellos a quienes el Señor llama a vivir la vocación del matrimonio, o su presencia en la familia, a descubrir el dinamismo liberador del Amor.

El llamado de Cristo a la conversión no es una invitación a separar la vida de la fe de la vida diaria, como algunos parecen comprender, sino a integrar la fe en la vida diaria. Todos los actos de la vida deben traslucir los efectos del compromiso con el Señor. En la vida conyugal y familiar se debe buscar que la presencia transformante de Dios se vuelque en la vida concreta, manifestándose en los diversos aspectos y realidades de la vida diaria de cada uno de los integrantes de la pareja y de la familia.

Amar es una posibilidad del ser humano, pero no es una realidad fácil de alcanzar. Amor, responsabilidad, libertad, respeto, son realidades que van unidas. Los medios de comunicación social han vulgarizado y envilecido la suprema realidad del misterio del amor. Es tarea de cada cual descubrirse a sí mismo, y descubrir qué tipo de tendencias anidan en él. Hay que seguirle la pista al anti-Amor para darle la contra, y así hacer lugar al impulso generoso y reverente del Amor, que es participación y conduce a la comunión. Hay un estrecho vínculo entre la tarea de hacerse hombre, ser humano pleno, y la tarea de abrirse a la gracia de Dios para erradicaar la tendencias del anti-Amor y dar lugar al Amor, a sus consecuencias y a sus participaciones.

El matrimonio, vocación de encuentro humano en el amor, es una realidad donde se puede verificar la verdad del «nosotros», dimensión que, al estar enraizada en el amor, será la de un dinamismo de apertura y comunión hacia los otros. La familia es también un medio de relaciones que, cuando están centradas en el amor y en la comunión, en la libertad respetuosa de cada cual, en el orden justo y prudente, es un «cenáculo de amor» que plenifica a sus integrantes, que abren sus vidas al Señor de la Vida, y se vuelcan generosa y solidariamente hacia los demás seres humanos, compartiendo inquietudes y esperanzas, y dando un testimonio efectivo de que el amor es posible, de que es real, por obra de Aquel que es todo Amor.

El matrimonio y la familia son realidades sublimes que deben ser comprendidas y valoradas a la luz de la Revelación del Señor, para que puedan ser vividas a plenitud en conformidad con el amoroso Plan Salvífico de Dios."

Luis Fernando Figari

jueves, 26 de abril de 2012

¿Cómo vivir la Solidaridad?

Benedicto XVI recuerda el verdadero sentido cristiano del amor al prójimo

Caridad y justicia
son un servicio espiritual

El compromiso de salir al encuentro de las necesidades del prójimo no tiene límites; pero es imprescindible que se realice a la luz del Espíritu Santo, para que no se pierda en puro activismo. Así pues, esas dos realidades, el anuncio de la Palabra de Dios y el deber de la caridad,  «deben vivir en la Iglesia», donde ambas tienen su lugar y su  «relación necesaria».
El Papa cita la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles para hablar de la intervención de la Iglesia en favor de las  «personas solas y necesitadas de asistencia y ayuda». En la catequesis durante la audiencia general de esta mañana, miércoles 25 de abril, en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI ha vuelto a proponer «la exigencia primaria de anunciar la Palabra de Dios según el mandato del Señor». Pero subraya la exigencia de poner en el mismo plano  «el deber de la caridad y de la justicia, es decir, el deber de asistir a las viudas, a los pobres, y proveer con amor a las situaciones de necesidad en las que se encuentran los hermanos y las hermanas», dado que también en este caso se trata de «responder al mandato de Jesús: amaos los unos a los otros». La Iglesia, de hecho,  «no sólo debe anunciar la Palabra, sino también realizar la Palabra».
En esta perspectiva, caridad y justicia no se han de interpretar sólo como «acciones sociales» sino también como  «acciones espirituales». Hasta el punto de que quienes están llamados a hacer concreta esta doble expresión de la única misión de la Iglesia «no pueden ser sólo organizadores que saben      actuar» sino que deben ser «hombres llenos de Espíritu Santo y de sabiduría», porque la obra que llevan a cabo, aunque sea sobre todo práctica,  es de modo especial  «una función espiritual».
La actividad en favor del prójimo, ciertamente,  «no se debe condenar -reafirma el Pontífice-, pero conviene subrayar que debe estar penetrada interiormente también del espíritu de contemplación». Esto ayuda a  «aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás», que «ciertamente requiere las cosas necesarias», pero sobre todo «el afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios».
Es una valiosa advertencia  «para nosotros hoy -concluye el Papa- acostumbrados a valorarlo todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia».
26 de abril de 2012



domingo, 15 de abril de 2012

La familia, camino de santidad y primera línea de evangelización





1. Introducción

Se me ha pedido hablar desde la perspectiva de una familia espiritual, la Familia Sodálite, que entre otras realidades incluye al Sodalitium Christianae Vitae y al Movimiento de Vida Cristiana. Éste último nació en Perú en 1985 y fue aprobado por la Sede Apostólica en 1994. Entre sus integrantes hay millares de matrimonios, extendidos en muchas naciones de cuatro continentes, que han optado por vivir con seriedad y madurez su vida cristiana.
La promoción de la familia constituye una de las principales líneas pastorales y preocupaciones de la Familia Sodálite toda. Habría tanto que decir sobre el matrimonio y la familia, pero ahora nos resignaremos a una cuantas pinceladas sobre ello.

2. Crisis de la familia

Hace ya un buen tiempo la familia viene sufriendo una crisis de grave incidencia negativa. Un asedio sistemático busca disociar el amor conyugal y familiar de la vida de los esposos y de la familia. Cuando se escuchan expresiones como “familia reconstruida”, “familia monoparental”, “familia disfuncional” y “uniones de hecho” no se puede menos que pensar que estamos ante una cultura que acepta estas situaciones como “normales” y hasta “ideales”. Esta implacable campaña incorporada al proceso de globalización, viene también afectando la identidad propia de la familia basada en el matrimonio de un hombre y una mujer. Pienso que las graves consecuencias de este oscuro fenómeno constituyen un gravísimo atentado contra los derechos humanos, que en verdad sólo se pueden fundar en la naturaleza creada por Dios y no en meras convenciones humanas, modas, dictaduras legales o caprichos ideologizados. No es secreto para nadie que existe un integrismo anti-católico que va alimentando estos procesos buscando generar un mundo inspirado en la “cultura de muerte”. Todo ello va haciendo cada vez más notorio el valor de la familia en sí, así como su misión como primera línea en la propuesta real de una sociedad de la vida, una comunidad más justa, más reconciliada, más según el divino Plan.

3. Programa del camino matrimonial

La Familia Sodálite tiene una posición clara sobre el altísimo valor de la vida conyugal y familiar y sobre su decisiva importancia en la construcción de un mundo mejor. También, ofrece una pedagogía para cooperar con los matrimonios y para que éstos cooperen entre sí en su camino a la santidad como integrantes de la Iglesia. Este camino se expresa no solamente en reflexiones y planteamientos teóricos, sino también en lo que se podría llamar un programa práctico para quien es llamado a vivir la vocación matrimonial. Se expresa, sucintamente, en cinco puntos, como los dedos de una mano, que por lo demás simboliza la acción.

3.1. Primer punto: Santidad personal

El primer punto de los cinco que consideramos que debe aceptar una persona que es bendecida por Dios con un llamado a la vida matrimonial, es la santidad personal. No pocos olvidan el orden de las cosas y que, como se enseña desde tiempos inmemoriales, la caridad empieza por atender el Plan de Dios para uno mismo. Si este paso no se toma en cuenta es difícil, por no decir humanamente imposible, asumir el resto. Con la consciencia clara de los contenidos y objetivos, con la fe en la mente, es fundamental ir a la conciencia de sí mismo y a responder a la responsabilidad sobre sí mismo.
Nadie ni nada sustituye el trabajo personal. El fracaso horrible de tantos millones de matrimonios se debe en buena parte a que no se parte de la idea de que se trata de un hombre y una mujer que tienen que marchar hacia el encuentro, armonizarse en el amor y en la vida diaria, ir construyendo una dimensión de “nosotros” desde sus realidades individuales, que son irrenunciables. El esposo y la esposa, no se diluyen, sino que van al encuentro el uno del otro como personas, y por lo tanto el primer paso lógico y fundamental es vivir el dinamismo cristiano en uno mismo. Si no trabajas para integrar al Señor Jesús en tu propia vida, si no lo recibes en tu corazón e interiorizas los valores y enseñanzas que en Su persona se manifiestan, si no le abres a Él de par en par las puertas de tu corazón, entonces estarás viviendo una mentira existencial.
Soy un convencido de que si Dios en Jesús instituye el sacramento del matrimonio no es para pasar un “barniz” a una situación humana, a una célula social, por más básica que se la considere, sino para abrir un caudal vigoroso, apasionante y hermoso de realización de la persona, un caudal que permita que cada uno de los integrantes de esa aventura del amor conyugal pueda realizarse y ser feliz a la luz del divino Plan.
El encuentro en el amor, esa integración a la cual están invitados los esposos, debe ser un horizonte que los lleve a una exigencia personal cada vez más intensa, a un compromiso personal con Jesús cada vez mayor, a recorrer un proyecto existencial de cara a la eternidad.
El primer paso es entonces la conciencia de que cada uno como persona está llamado a la santidad. Primero como persona. Es necesario que primen la verdad y el realismo. Algunos enviudan, algunas enviudan. Y no son pocos los que se vuelven a casar. Esta realidad de la vida nos debe hablar muy claro de que las responsabilidades personales no deben ni pueden evadirse. Cada quien es ante todo responsable de sí mismo ante Dios.

3.2. Segundo punto: Los cónyuges

En segundo lugar está obviamente el hermoso y apasionante horizonte de integración como pareja. Es un esfuerzo conjunto, obviamente fundado en la búsqueda y respuesta al Señor Jesús de cada uno de los cónyuges.
El esfuerzo de vivir como esposos se presenta como un maravilloso y fructífero horizonte, que invita a un encuentro personal, a un proceso en donde se construya en el Señor Jesús el misterio hermoso del “nosotros” conyugal. El amor de la esposa al esposo, del esposo a la esposa, debe ser un amor que se nutre del amor de Jesús, que va al encuentro del otro en la dinámica de Jesús, de manera tal que cada quien vaya descubriendo esa luz interior del Señor que se percibe en el fondo de cada uno. Así, bajo esa luminosidad, se encontrarán con la propia identidad e irán realmente descubriendo la del cónyuge, pues el Señor Jesús muestra la identidad del ser humano.
El amor matrimonial es una de las más hermosas aventuras humanas, pero su éxito, considerada la amorosa gracia que Dios derrama, exige disciplina personal, ascética, renuncia a los propios egoísmos en favor del otro, un constante y renovado construir en el vital ideal del amor conyugal. Un proceso de cercenar, recortar, cortar las aristas, las espinas que todos llevamos dentro, de eliminar las inconsistencias que llevamos dentro, construyéndose como parejas en un hermoso proceso existencial. No hacerlo a diario, no hacerlo cotidianamente, no hacerlo con el entusiasmo y la frescura de los inicios, no hacerlo con una visión de auroral novedad cotidiana, es empezar a cavar la tumba del proyecto de vida personal y conyugal. La perseverancia y fidelidad en el matrimonio a pesar de ventiscas y problemas es una manifestación de haber tomado en serio el camino del matrimonio sacramental como vía a la plenitud de la existencia y a la santidad.

3.3. Tercer punto: Los hijos

Y sigue el tercer paso, el paso del amor formativo a los hijos, la construcción en el respeto a la dignidad de cada cual de esa familia que han recibido como don y como tarea. Cuando hay hijos, la pareja tiene que entender que ellos son plasmación de su amor, y que Dios les ha dado la responsabilidad de amarlos y educarlos como personas humanas libres, invitadas al encuentro pleno en la comunión de Dios. No entender que los hijos son ante todo de Dios es empezar mal. Son personas confiadas a la educación, al amor, a la ternura y al cuidado de los padres.
Un afán posesivo, la cosificación, sobre los hijos es tan grave como la desatención. ¡Ambas actitudes son un crimen contra esas criaturas! ¡Qué multitud, qué millones de crímenes se cometen sobre criaturas indefensas por las inconsistencias de padres irresponsables! Hay muchos que no entienden que, luego del objetivo del amor personal entre los dos esposos, junto a él está el amor abnegado de ambos a los hijos; la educación promotora, liberadora, reconciliadora a los hijos; y la renuncia efectiva, por lo tanto, a todo aquello que, en la vida personal de cada uno de los esposos y en el matrimonio, como esposos, impida el desarrollo firme y sano de esas criaturas confiadas a los dos. Entender esto es fundamental, pues los hijos venidos al mundo forman parte irrenunciable del proyecto familiar, de la familia. Todo esto forma también parte de entender el matrimonio como camino de santidad.
La fe ilumina todo este proceso de crecimiento y maduración familiar. Ante esa luz es necesario examinar las propias actitudes y las realidades familiares que con la ayuda de la brújula de la fe, del examen ante lo que profesamos creer, nos muestran si vamos recorriendo el camino correcto, si andamos en la línea de los pozos que culminan en oasis, o si nos hemos desviado de la ruta y nos dirigimos a la sofocación del desierto o hacia pozos donde la poca agua que queda se ha mezclado con la turbidez de la arena formando un barro aguanoso que sólo la enorme sed interior puede beber como sucedáneo de las límpidas aguas de los manantiales, pozos de agua y oasis que son participación del amor de Cristo.

3.4. Cuarto punto: El trabajo

El matrimonio cristiano es una consagración a la fidelidad. Desde ese marco se desarrolla la acción personalizadora que va forjando el ámbito humano mediante el trabajo. Al ingresar a esta dimensión fundamental de la existencia del ser humano, cada integrante del matrimonio debe hacerlo con el compromiso de que las aptitudes o realizaciones profesionales, el trabajo necesario para el sustento del hogar, no se conviertan jamás en obstáculo para los tres primeros pasos de estos cinco. En la cultura de hoy esto resulta un fuerte desafío. La presión de la ideología de la “productividad”, de la competencia laboral, del consumismo, incluso del desempleo o subempleo, son factores que inciden en distorsiones que no sólo afectan la vida de los esposos, sino el desenvolvimiento y sano crecimiento de los hijos. La postergación de la vida en familia que hoy se constata, de no atenderse oportuna y eficazmente, incidirá cada vez más negativamente sobre el matrimonio y la familia. Es por ello, entre otros asuntos, que hay que tener una recta visión teológica de la realización personal y del trabajo. En todo caso, al vivir la vocación al matrimonio como camino hacia la santidad se debe procurar dar la debida prioridad a la vida conyugal y familiar. El tema, como los otros, daría para hablar mucho.

3.5. Quinto punto: El apostolado

Es costumbre hablar de la Iglesia como algo externo a uno. Es una muy mala costumbre. Todos los bautizados somos miembros de la Iglesia, y tenemos en ella derechos y deberes, pero más aún estamos llamados a amarla y a sentir con ella, a amar y participar en la misión de la Iglesia. Desde el amor conyugal y familiar, desde una vida transformada en oración, en liturgia constante que busque dar siempre gloria a Dios, desde un hogar que quiere ser Cenáculo de Amor, metas de la “iglesia doméstica” como la llama el Vaticano II, la vida cristiana debe irradiar y debe hacerlo con intensidad. Los cristianos casados deben volcarse al apostolado hacia los demás, no como rutina, sino con el mismo entusiasmo que deben tener en conocerse y amarse unos a otros.
Se ha visto que hay un apostolado interno, que es con el cónyuge, con los hijos, todos en familia, y hay uno externo que es la irradiación personal de Jesús desde el propio corazón de la familia, como testimonio de que la vida cristiana es posible, que es un camino de transformación personal y de transformación del mundo, que es un sendero plenificador y vivificante. Desde el corazón de la familia se debe desplegar la vida cristiana en anuncio del Señor Jesús y en compartir su caridad con los más necesitados, así como en la evangelización de la cultura y la transformación del mundo.

4. Conclusión

Con la conciencia de todo esto, quisiera proponer una desmitificación de la magnitud de la empresa de la propia santidad, de la santidad conyugal y familiar. La iniciativa de la vocación al matrimonio es de Dios quien da la gracia. Con ella se debe colaborar y poner los medios, siguiendo un proceso que ayude a sobrellevar los desafíos y a alimentarse del amor, el entusiasmo, el cariño. Aunque son muy pocos los santos en los altares que fueron cónyuges en esta vida, tengo la certeza de que son miríadas de santas y santos que está participando de la Comunión de Amor. ¡Millones incontables!
El camino de la santidad matrimonial no es una carrera rápida, sino de perseverancia. No se trata de tomarlo todo junto, sino paso a paso, perseverantemente, dejándose ayudar por el Espíritu, e implorando la intercesión de la siempre Virgen María y del Santo Custodio.
Las familias son la primera línea de la Iglesia. Su tarea es enorme y apasionante. Son esas “iglesias domésticas”, cuya mera mención sobrecoge por su grandeza y su misión. Por eso es bueno que los matrimonios, para ser lo que deben ser, miren siempre a la Familia de Nazaret, recen a quienes la forman, se dejen impactar por su paz, belleza y armonía, y ante esa magna escuela de fe descubran la hermosísima misión de los hogares cristianos, que ardientes en amor, fe y esperanza están llamados a dar testimonio de lo que es vivir en la luz y el calor de la ternura de Dios a un mundo que se encuentra sumido en la oscuridad de la cultura de muerte y tirita de frío porque se viene escurriendo del abrigo de la Iglesia del Señor, Ecclesia sua.

Luis Fernando Figari
Primer Superior General del Sodalitium Christianae Vitae y
Fundador del Movimiento de Vida Cristiana
Intervención en el V Encuentro Mundial de las Familias
Valencia (España), 5 de julio de 2006

viernes, 6 de abril de 2012

La Cruz de Cristo

Jesús en la Cruz, retenido en el madero por punzantes clavos, nos recuerda que Él siempre está con nosotros. Nos recuerda que el incoado sacrificio de la Cruz se prolonga a través de la historia, que Jesús muere incruentamente en cada Misa que se viene celebrando en el mundo desde hace dos mil años; es una prolongación sacramental del Calvario.

Esa magnitud del sacrificio reconciliador, al tiempo de mostrarnos lo inmenso de nuestros pecados, nos enseña también una dinámica muy clara. Quien no se sumerge libremente en el dinamismo kenótico —es decir de abajamiento hasta la muerte— no tendrá parte en el dinamismo ascensional —es decir la fuerza de la resurrección que nos lleva a los nuevos cielos y a la tierra nueva—. ¡No hay cristianismo sin cruz! Y no sólo me refiero a los esfuerzos y trabajos de servicio a los hermanos, que en alguna ocasión pueden ser cruces, u otras circunstancias de mortificación, sino principalmente a la muerte del hombre viejo, tarea fundamenal del hijo de la Iglesia que quiere alcanzar la vida plena en Jesús. (…)

La Cruz con el Crucificado nos recuerda la magnitud de su amor y el horizonte de nuestra respuesta. La Cruz sola nos recuerda el camino. San Agustín decía con bello simbolismo que en un mar tempestuoso, como muchas veces es nuestra propia vida, sólo aferrándonos al madero podremos salvarnos, solo aferrándonos con todas nuestras fuerzas a la Cruz, podremos alcanzar la plenitud y realización definitiva. Hay que interiorizar el dinamismo cruciforme de la existencia, y hay que aprender a llevar la cruz en el corazón, no como una imposición o un signo de tortura, sino como señal de reconciliación.

Luis Fernando Figari