Entre los 5 nuevos sacerdotes contamos con caleño, el Padre Alberto Hadad (primero de derecha a izquierda)
Noticias sobre Vida y Familia
viernes, 29 de junio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
Vivir el Silencio
Para el hombre hodierno, acostumbrado al cambio
acelerado, a la idolatría de la novedad, a la superficialidad y la evasión como
forma usual de vida, a vivir envuelto por todo tipo de seducciones, ilusiones y
engaños, poco tiempo le queda para entrar en sí mismo. El ruido y bullicio de
la vida moderna ya no es solamente una característica exterior de la sociedad
contemporánea sino que también han penetrado el interior del propio hombre. Ya
no hay lugar para el recogimiento y la vida interior, pues el fragor y la
dispersión de la rutina cotidiana van acaparando cada vez más los pocos
espacios que aún le quedan al ser humano.
Parecería como si los hombres y mujeres de nuestro
siglo tuviéramos un terrible horror al silencio, un secreto pavor a
descubrirnos carentes de la seguridad que nos proporciona la agitación y la
bulla de la vida moderna. De ahí que, muchas veces, el silencio sea visto como
una especie de amenaza para la persona.
Se hace necesario pues, recuperar una dimensión tan
importante para la realización plena del ser humano como es el silencio.
LA ESCUELA DEL SILENCIO
El silencio del que estamos hablando no consiste en
quedarse callado, en no hablar. No es una ausencia ni tampoco una mera actitud
pasiva. Tampoco se trata de una actitud exterior, pasajera y momentánea. Es
algo muchísimo más rico, más profundo. Es un estado armónico de nuestras
facultades, un estilo interior y constante. Es un silencio rico en presencia
que le abre al ser humano las puertas de la comprensión de sí mismo y lo
dispone para acoger el don de la reconciliación. Es una disposición del
espíritu que nos posibilita escuchar la voz de Dios, nuestra propia voz
interior, a los demás, así como el lenguaje de la creación.
ESCUCHANDO LA VOZ DE DIOS
El silencio siempre ha significado para el hombre
ámbito privilegiado de encuentro y comunión con el Señor. En efecto, el
silencio nos abre a la vivencia de una dimensión de acogida y reverencia que
nos capacita para el encuentro con Dios por su Palabra. El Señor Jesús es el
Verbo Encarnado, la Palabra del Padre que se hace uno de nosotros para
devolvernos la semejanza perdida, para restablecer la comunicación con Dios
rota por el pecado. El Reconciliador de los hombres se manifiesta en el corazón
silencioso del creyente, en ese corazón que aprende a callar, a silenciar su
propia palabra para escuchar la Palabra por excelencia.
El silencio nos dispone para el encuentro con Dios
en la oración personal y comunitaria, así como en las actividades ordinarias de
cada día, mediante la reverencia y la actitud oyente. El silencio nos permite
escuchar a Aquel que incansablemente toca la puerta de nuestro corazón,
esperando que alguien le abra (Ap 3, 20).
CAMINO DE PLENIFICACIÓN PERSONAL
En el silencio, la ser humano encuentra también un
marco eficaz para redescubrirse a sí mismo y el sentido de su existencia. El
silencio aparece como un excelente medio para recuperar el recto dominio
personal, el equilibrio, la paz y la armonía interior.
Silenciando nuestros desórdenes, rescatamos el uso
de nuestra facultades y potencias, heridas por el pecado. Mediante la práctica
del silencio, éstas se apartan de la ilusión y de la mentira hacia las cuales
están habituadas a dirigirse por esa grave distorsión que es el pecado para
pasar del laberinto del extravío, el desorden y la falsedad a una dinámica de
verdad y autenticidad, de realización humana y marcha ascendente hacia la
recuperación de la semejanza perdida.
El ejercicio del silencio busca conducir nuestros
hábitos inconscientes e involuntarios a un nivel voluntario, consciente y
responsable, de manera que se tornen en opciones libres, orientadas al
cumplimiento del divino Plan. Por eso el silencio es también una pedagogía de
la voluntad.
El silencio aparece, pues, como condición esencial
para iniciar un trabajo serio sobre uno mismo en la línea de reorientar
nuestros dinamismos fundamentales, desordenados por la ruptura del pecado.
HACIA LA COMUNIÓN FRATERNA
El hombre es un ser para el encuentro. El silencio
no sólo me posibilita encaminarme hacia el encuentro con Dios; también es un
espacio apropiado para vivir la comunión fraterna. El silencio, al ayudarme a
restaurar mi yo profundo, me permite autoposeerme en libertad y, desde esa
autoposesión, proyectarme a los demás, en un dinamismo amorizante, análogo al
dinamismo de encuentro con Dios, impreso en el corazón humano.
La práctica constante del silencio constituye una
valiosísima manera de reorientar mis capacidades hacia la comunicación en
autenticidad y libertad. La vivencia del silencio, no sólo me facilita la
recuperación del recto sentido del lenguaje tan devaluado en nuestros días sino
que reorienta todo mi ser -mis gestos y actitudes, mi capacidad de escucha y
acogida-, abriéndome así a la comunicación total e integral con los demás.
EL LENGUAJE DE LO CREADO
Las cosas sencillas entre las que nos movemos
escribía el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar han perdido en buena
medida su lenguaje. Y nosotros, que yo no oímos su palabra, parecemos
analfabetos ante el libro de la creación. Tan acostumbrados a manipular las
cosas, a ejercer nuestro dominio sobe ellas, que nos hemos hecho incapaces de
escuchar el misterioso lenguaje de las cosas creadas.
El silencio nos ayuda a recuperar esa fineza de
espíritu, esa sensibilidad interior que nos hace comprender el transparente y
sencillo idioma del símbolo, la fuerza afirmativa de los signos, el lenguaje
innato de la creación.
MARÍA, LA MUJER DEL SILENCIO
En Santa María, sus hijos encontramos un modelo
claro y cercano donde aprender a vivir el silencio. Su vida entera está
entretejida por el fino tramado de la reverencia amorosa, la escucha atenta, la
fineza de espíritu, la disponibilidad total, la acogida generosa, la docilidad
ante las mociones del Espíritu Santo... Ella, mejor que nadie, supo hacer de su
existencia toda un auténtico gesto litúrgico, viviendo el camino plenificador y
humanizante del silencio.
-
El silencio, ámbito de encuentro y comunión con el Señor: 1Re 19, 11-13; Sal 4(3), 5-6; Sab 18, 14-15; Lam 3, 25-26; Hab 2, 20; Sof 1, 7.
-
El silencio y la armonía interior: 1Pe 3, 3-4.
PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO
- ¿Cuál es la importancia del silencio para tu vida cristiana?
- ¿Qué puedes hacer para vivir el silencio en un mundo cada vez más acelerado y ruidoso?
- ¿Cuáles son los principales obstáculos que encuentras para vivir el silencio en tu vida?
martes, 15 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
La familia: cenáculo de amor
"Aunque parece legítimo hablar de crisis de la familia, quizá sería más apropiado hablar de «crisis de amor». Aun cuando probablemente no en todos los casos donde se constata la «crisis familiar», con certeza en la gran mayoría –independientemente de estamentos sociales o de clasificación urbana o rural– se debe hablar de una «crisis de amor» que genera la «crisis de familia».
¿Qué es la
familia si no hay amor? ¿Una mera célula de la sociedad? ¿Un
centro donde se mezclan intereses contrapuestos? ¡Y si se trata de
una familia que se llama cristiana! Será cualquier cosa, pero del
todo alejada de ese misterio de amor, de ese sacramento de la
presencia amorosa de los cónyuges y los hijos que le dice al mundo
que Cristo Jesús es su centro y su vida. Cuando se olvida que el
matrimonio, del que surge la familia, es una vocación, un llamado de
Dios a los cónyuges para que se santifiquen por ese camino, se cede
a la rutinización y con ello al empobrecimiento que mata lo sublime
y termina por minar la unión. La vida conyugal cristiana es un
camino a la santidad. Es doloroso que hoy muchos lo olviden, o quizá
hasta lo ignoren. Cuando se olvida o se origina que el matrimonio es
un camino ascético donde los cónyuges van matando el egoísmo para
sumergirse en un «nosotros» que trasciende el «yo» y el «tú»
en una realidad misteriosa que hace presente a Cristo entre ellos, se
destruye la posibilidad de vivir una realidad maravillosa: la familia
como cenáculo de amor. Dolorosamente, es fácil constatar que hay
muchas «familias» que no son sino un egoísmo en plural.
Y, porque se
olvidan estar realidades es por lo que hoy se casa mucha gente con la
misma facilidad con la que se toma una cerveza o una gaseosa. Sin
pensarlo mucho; sin prepararse bien. La frase puede parecer poco
feliz, pero mucho más infeliz es la cantidad de hogares destrozados
por falta de amor. La cantidad de hijos víctimas, en esos hogares,
es trágico resultado de la superficialidad, donde se confunde el
misterio del amor con superficiales emociones. Incluso en muchos
casos donde hay una fuerte incidencia de factores estructurales ¡hay
tanto que se podría haber superado con un amor auténtico,
purificador!
Para muchos
resulta poco comprensible hablar de la familia como «pequeña
Iglesia» o como reflejo del Amor íntimo de Dios. Y es que falta
amor. Falta comprender que la realidad del ser humano apunta al Amor,
y que la realidad de amor que cada uno vive –cuando es de verdad
amor– es una participación de ese Amor que viene de Dios. Para
esto hay que educarse y purificarse. Cada ser humano, invitado por
Dios a la realidad sublime de participar del Amor, está herido por
el pecado –¡cómo se olvida hoy la terrible realidad del pecado!
–, y esa tendencia del anti-Amor que cada cual puede constatar en
sí es un grave obstáculo para la realización integral del ser
humano, para la integración personal y para la comunión con los
demás. Bien nos han recordado nuestros Obispos latinoamericanos en
Puebla que el pecado es rechazo del amor y ruptura de la comunión, y
que su presencia envenena al hombre y a los pueblos.
El pecado,
ruptura con Dios, es causa de la ruptura de la realidad íntima del
hombre en una fragmentación y desarticulación que le mueve a los
más angustiantes quejidos recogidos por la literatura de un Kafka,
un Camus, un Celine o un Sartre, pero vividos por hombres concretos,
cercanos. El pecado es fuente del mal que hay en el hombre y en la
sociedad. El pecado da lugar al egoísmo, que en el caso del
matrimonio es su negación, y en el caso de la familia conduce a la
cosificación de los hijos, a su apropiación como objetos, y a la
mutación de las responsabilidades de un amor promotor, liberador,
que respeta y reverencia la profunda libertad de esos «hijos de
Dios», por la de «dar cosas». Muchas «crisis» de familias se
deben a esa sustitución de la realidad del «ser», que es amor, por
la del «tener»; trágica sustitución hija de una civilización
sometida al materialismo más vulgar y al hedonismo que de él nace.
El caso de
muchos padres que por omisión incumplen sus deberes de formar en la
fe a sus hijos no es sino un ejemplo de su ignorancia de la realidad
profunda y eminentemente difusiva del misterio del amor. Incluso se
ve la dolorosa realidad de que, cuando los hijos que han recibido la
semilla de la fe en el Bautismo descubren por sí mismos las
consecuencias de esa fe, hay padres que se oponen, celosos de Dios,
de los caminos de Dios, y consideran exagerado un auténtico
compromiso liberador con el Señor Jesús. ¡Es que ignoran el amor!
¡Es que están ciegos a la realidad de Cristo! Por ello, en vez de
amor, que es respetuoso de la libertad y del destino del otro, surge
el afán posesivo, planificante, cosificador, nacido del anti-Amor.
¡Cuánto obstáculo al Plan de Dios!
El
matrimonio, la familia, son proyectos en la vida de sus miembros. Son
caminos por los cuales Dios invita a sus componentes a un encuentro
plenificador, a una conversión, a una apertura. La familia cenáculo
de amor es un proyecto de existencia, un estilo de vida fundado en el
modelo de la Familia de Nazaret. Ella constituye un horizonte que
debe orientar a todos aquellos a quienes el Señor llama a vivir la
vocación del matrimonio, o su presencia en la familia, a descubrir
el dinamismo liberador del Amor.
El llamado
de Cristo a la conversión no es una invitación a separar la vida de
la fe de la vida diaria, como algunos parecen comprender, sino a
integrar la fe en la vida diaria. Todos los actos de la vida deben
traslucir los efectos del compromiso con el Señor. En la vida
conyugal y familiar se debe buscar que la presencia transformante de
Dios se vuelque en la vida concreta, manifestándose en los diversos
aspectos y realidades de la vida diaria de cada uno de los
integrantes de la pareja y de la familia.
Amar es una
posibilidad del ser humano, pero no es una realidad fácil de
alcanzar. Amor, responsabilidad, libertad, respeto, son realidades
que van unidas. Los medios de comunicación social han vulgarizado y
envilecido la suprema realidad del misterio del amor. Es tarea de
cada cual descubrirse a sí mismo, y descubrir qué tipo de
tendencias anidan en él. Hay que seguirle la pista al anti-Amor para
darle la contra, y así hacer lugar al impulso generoso y reverente
del Amor, que es participación y conduce a la comunión. Hay un
estrecho vínculo entre la tarea de hacerse hombre, ser humano pleno,
y la tarea de abrirse a la gracia de Dios para erradicaar la
tendencias del anti-Amor y dar lugar al Amor, a sus consecuencias y a
sus participaciones.
El
matrimonio, vocación de encuentro humano en el amor, es una realidad
donde se puede verificar la verdad del «nosotros», dimensión que,
al estar enraizada en el amor, será la de un dinamismo de apertura y
comunión hacia los otros. La familia es también un medio de
relaciones que, cuando están centradas en el amor y en la comunión,
en la libertad respetuosa de cada cual, en el orden justo y prudente,
es un «cenáculo de amor» que plenifica a sus integrantes, que
abren sus vidas al Señor de la Vida, y se vuelcan generosa y
solidariamente hacia los demás seres humanos, compartiendo
inquietudes y esperanzas, y dando un testimonio efectivo de que el
amor es posible, de que es real, por obra de Aquel que es todo Amor.
El
matrimonio y la familia son realidades sublimes que deben ser
comprendidas y valoradas a la luz de la Revelación del Señor, para
que puedan ser vividas a plenitud en conformidad con el amoroso Plan
Salvífico de Dios."
Luis Fernando Figari
jueves, 26 de abril de 2012
¿Cómo vivir la Solidaridad?
Benedicto XVI recuerda el verdadero sentido cristiano del amor al prójimo
Caridad y justicia
son un servicio espiritual
son un servicio espiritual
El compromiso de salir al encuentro de las necesidades del prójimo no
tiene límites; pero es imprescindible que se realice a la luz del
Espíritu Santo, para que no se pierda en puro activismo. Así pues, esas
dos realidades, el anuncio de la Palabra de Dios y el deber de la
caridad, «deben vivir en la Iglesia», donde ambas tienen su lugar y su
«relación necesaria».
El
Papa cita la narración de san Lucas en los Hechos de los Apóstoles para
hablar de la intervención de la Iglesia en favor de las «personas
solas y necesitadas de asistencia y ayuda». En la catequesis durante la
audiencia general de esta mañana, miércoles 25 de abril, en la plaza de
San Pedro, Benedicto XVI ha vuelto a proponer «la exigencia primaria de
anunciar la Palabra de Dios según el mandato del Señor». Pero subraya la
exigencia de poner en el mismo plano «el deber de la caridad y de la
justicia, es decir, el deber de asistir a las viudas, a los pobres, y
proveer con amor a las situaciones de necesidad en las que se encuentran
los hermanos y las hermanas», dado que también en este caso se trata de
«responder al mandato de Jesús: amaos los unos a los otros». La
Iglesia, de hecho, «no sólo debe anunciar la Palabra, sino también
realizar la Palabra».
En esta perspectiva, caridad y justicia no se han de interpretar sólo como «acciones sociales» sino también como «acciones espirituales». Hasta el punto de que quienes están llamados a hacer concreta esta doble expresión de la única misión de la Iglesia «no pueden ser sólo organizadores que saben actuar» sino que deben ser «hombres llenos de Espíritu Santo y de sabiduría», porque la obra que llevan a cabo, aunque sea sobre todo práctica, es de modo especial «una función espiritual».
La actividad en favor del prójimo, ciertamente, «no se debe condenar -reafirma el Pontífice-, pero conviene subrayar que debe estar penetrada interiormente también del espíritu de contemplación». Esto ayuda a «aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás», que «ciertamente requiere las cosas necesarias», pero sobre todo «el afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios».
Es una valiosa advertencia «para nosotros hoy -concluye el Papa- acostumbrados a valorarlo todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia».
En esta perspectiva, caridad y justicia no se han de interpretar sólo como «acciones sociales» sino también como «acciones espirituales». Hasta el punto de que quienes están llamados a hacer concreta esta doble expresión de la única misión de la Iglesia «no pueden ser sólo organizadores que saben actuar» sino que deben ser «hombres llenos de Espíritu Santo y de sabiduría», porque la obra que llevan a cabo, aunque sea sobre todo práctica, es de modo especial «una función espiritual».
La actividad en favor del prójimo, ciertamente, «no se debe condenar -reafirma el Pontífice-, pero conviene subrayar que debe estar penetrada interiormente también del espíritu de contemplación». Esto ayuda a «aprender la verdadera caridad, el verdadero servicio a los demás», que «ciertamente requiere las cosas necesarias», pero sobre todo «el afecto de nuestro corazón, de la luz de Dios».
Es una valiosa advertencia «para nosotros hoy -concluye el Papa- acostumbrados a valorarlo todo con el criterio de la productividad y de la eficiencia».
26 de abril de 2012
domingo, 15 de abril de 2012
La familia, camino de santidad y primera línea de evangelización
1. Introducción
La promoción de la familia constituye una de las principales líneas pastorales y preocupaciones de la Familia Sodálite toda. Habría tanto que decir sobre el matrimonio y la familia, pero ahora nos resignaremos a una cuantas pinceladas sobre ello.
2. Crisis de la familia
3. Programa del camino matrimonial
3.1. Primer punto: Santidad personal
El primer punto de los cinco que consideramos que debe aceptar una persona que es bendecida por Dios con un llamado a la vida matrimonial, es la santidad personal. No pocos olvidan el orden de las cosas y que, como se enseña desde tiempos inmemoriales, la caridad empieza por atender el Plan de Dios para uno mismo. Si este paso no se toma en cuenta es difícil, por no decir humanamente imposible, asumir el resto. Con la consciencia clara de los contenidos y objetivos, con la fe en la mente, es fundamental ir a la conciencia de sí mismo y a responder a la responsabilidad sobre sí mismo.
Nadie ni nada sustituye el trabajo personal. El fracaso horrible de tantos millones de matrimonios se debe en buena parte a que no se parte de la idea de que se trata de un hombre y una mujer que tienen que marchar hacia el encuentro, armonizarse en el amor y en la vida diaria, ir construyendo una dimensión de “nosotros” desde sus realidades individuales, que son irrenunciables. El esposo y la esposa, no se diluyen, sino que van al encuentro el uno del otro como personas, y por lo tanto el primer paso lógico y fundamental es vivir el dinamismo cristiano en uno mismo. Si no trabajas para integrar al Señor Jesús en tu propia vida, si no lo recibes en tu corazón e interiorizas los valores y enseñanzas que en Su persona se manifiestan, si no le abres a Él de par en par las puertas de tu corazón, entonces estarás viviendo una mentira existencial.
Soy un convencido de que si Dios en Jesús instituye el sacramento del matrimonio no es para pasar un “barniz” a una situación humana, a una célula social, por más básica que se la considere, sino para abrir un caudal vigoroso, apasionante y hermoso de realización de la persona, un caudal que permita que cada uno de los integrantes de esa aventura del amor conyugal pueda realizarse y ser feliz a la luz del divino Plan.
El encuentro en el amor, esa integración a la cual están invitados los esposos, debe ser un horizonte que los lleve a una exigencia personal cada vez más intensa, a un compromiso personal con Jesús cada vez mayor, a recorrer un proyecto existencial de cara a la eternidad.
El primer paso es entonces la conciencia de que cada uno como persona está llamado a la santidad. Primero como persona. Es necesario que primen la verdad y el realismo. Algunos enviudan, algunas enviudan. Y no son pocos los que se vuelven a casar. Esta realidad de la vida nos debe hablar muy claro de que las responsabilidades personales no deben ni pueden evadirse. Cada quien es ante todo responsable de sí mismo ante Dios.
3.2. Segundo punto: Los cónyuges
En segundo lugar está obviamente el hermoso y apasionante horizonte de integración como pareja. Es un esfuerzo conjunto, obviamente fundado en la búsqueda y respuesta al Señor Jesús de cada uno de los cónyuges.
El esfuerzo de vivir como esposos se presenta como un maravilloso y fructífero horizonte, que invita a un encuentro personal, a un proceso en donde se construya en el Señor Jesús el misterio hermoso del “nosotros” conyugal. El amor de la esposa al esposo, del esposo a la esposa, debe ser un amor que se nutre del amor de Jesús, que va al encuentro del otro en la dinámica de Jesús, de manera tal que cada quien vaya descubriendo esa luz interior del Señor que se percibe en el fondo de cada uno. Así, bajo esa luminosidad, se encontrarán con la propia identidad e irán realmente descubriendo la del cónyuge, pues el Señor Jesús muestra la identidad del ser humano.
El amor matrimonial es una de las más hermosas aventuras humanas, pero su éxito, considerada la amorosa gracia que Dios derrama, exige disciplina personal, ascética, renuncia a los propios egoísmos en favor del otro, un constante y renovado construir en el vital ideal del amor conyugal. Un proceso de cercenar, recortar, cortar las aristas, las espinas que todos llevamos dentro, de eliminar las inconsistencias que llevamos dentro, construyéndose como parejas en un hermoso proceso existencial. No hacerlo a diario, no hacerlo cotidianamente, no hacerlo con el entusiasmo y la frescura de los inicios, no hacerlo con una visión de auroral novedad cotidiana, es empezar a cavar la tumba del proyecto de vida personal y conyugal. La perseverancia y fidelidad en el matrimonio a pesar de ventiscas y problemas es una manifestación de haber tomado en serio el camino del matrimonio sacramental como vía a la plenitud de la existencia y a la santidad.
3.3. Tercer punto: Los hijos
Y sigue el tercer paso, el paso del amor formativo a los hijos, la construcción en el respeto a la dignidad de cada cual de esa familia que han recibido como don y como tarea. Cuando hay hijos, la pareja tiene que entender que ellos son plasmación de su amor, y que Dios les ha dado la responsabilidad de amarlos y educarlos como personas humanas libres, invitadas al encuentro pleno en la comunión de Dios. No entender que los hijos son ante todo de Dios es empezar mal. Son personas confiadas a la educación, al amor, a la ternura y al cuidado de los padres.
Un afán posesivo, la cosificación, sobre los hijos es tan grave como la desatención. ¡Ambas actitudes son un crimen contra esas criaturas! ¡Qué multitud, qué millones de crímenes se cometen sobre criaturas indefensas por las inconsistencias de padres irresponsables! Hay muchos que no entienden que, luego del objetivo del amor personal entre los dos esposos, junto a él está el amor abnegado de ambos a los hijos; la educación promotora, liberadora, reconciliadora a los hijos; y la renuncia efectiva, por lo tanto, a todo aquello que, en la vida personal de cada uno de los esposos y en el matrimonio, como esposos, impida el desarrollo firme y sano de esas criaturas confiadas a los dos. Entender esto es fundamental, pues los hijos venidos al mundo forman parte irrenunciable del proyecto familiar, de la familia. Todo esto forma también parte de entender el matrimonio como camino de santidad.
La fe ilumina todo este proceso de crecimiento y maduración familiar. Ante esa luz es necesario examinar las propias actitudes y las realidades familiares que con la ayuda de la brújula de la fe, del examen ante lo que profesamos creer, nos muestran si vamos recorriendo el camino correcto, si andamos en la línea de los pozos que culminan en oasis, o si nos hemos desviado de la ruta y nos dirigimos a la sofocación del desierto o hacia pozos donde la poca agua que queda se ha mezclado con la turbidez de la arena formando un barro aguanoso que sólo la enorme sed interior puede beber como sucedáneo de las límpidas aguas de los manantiales, pozos de agua y oasis que son participación del amor de Cristo.
3.4. Cuarto punto: El trabajo
El matrimonio cristiano es una consagración a la fidelidad. Desde ese marco se desarrolla la acción personalizadora que va forjando el ámbito humano mediante el trabajo. Al ingresar a esta dimensión fundamental de la existencia del ser humano, cada integrante del matrimonio debe hacerlo con el compromiso de que las aptitudes o realizaciones profesionales, el trabajo necesario para el sustento del hogar, no se conviertan jamás en obstáculo para los tres primeros pasos de estos cinco. En la cultura de hoy esto resulta un fuerte desafío. La presión de la ideología de la “productividad”, de la competencia laboral, del consumismo, incluso del desempleo o subempleo, son factores que inciden en distorsiones que no sólo afectan la vida de los esposos, sino el desenvolvimiento y sano crecimiento de los hijos. La postergación de la vida en familia que hoy se constata, de no atenderse oportuna y eficazmente, incidirá cada vez más negativamente sobre el matrimonio y la familia. Es por ello, entre otros asuntos, que hay que tener una recta visión teológica de la realización personal y del trabajo. En todo caso, al vivir la vocación al matrimonio como camino hacia la santidad se debe procurar dar la debida prioridad a la vida conyugal y familiar. El tema, como los otros, daría para hablar mucho.
3.5. Quinto punto: El apostolado
Es costumbre hablar de la Iglesia como algo externo a uno. Es una muy mala costumbre. Todos los bautizados somos miembros de la Iglesia, y tenemos en ella derechos y deberes, pero más aún estamos llamados a amarla y a sentir con ella, a amar y participar en la misión de la Iglesia. Desde el amor conyugal y familiar, desde una vida transformada en oración, en liturgia constante que busque dar siempre gloria a Dios, desde un hogar que quiere ser Cenáculo de Amor, metas de la “iglesia doméstica” como la llama el Vaticano II, la vida cristiana debe irradiar y debe hacerlo con intensidad. Los cristianos casados deben volcarse al apostolado hacia los demás, no como rutina, sino con el mismo entusiasmo que deben tener en conocerse y amarse unos a otros.
Se ha visto que hay un apostolado interno, que es con el cónyuge, con los hijos, todos en familia, y hay uno externo que es la irradiación personal de Jesús desde el propio corazón de la familia, como testimonio de que la vida cristiana es posible, que es un camino de transformación personal y de transformación del mundo, que es un sendero plenificador y vivificante. Desde el corazón de la familia se debe desplegar la vida cristiana en anuncio del Señor Jesús y en compartir su caridad con los más necesitados, así como en la evangelización de la cultura y la transformación del mundo.
4. Conclusión
El camino de la santidad matrimonial no es una carrera rápida, sino de perseverancia. No se trata de tomarlo todo junto, sino paso a paso, perseverantemente, dejándose ayudar por el Espíritu, e implorando la intercesión de la siempre Virgen María y del Santo Custodio.
Las familias son la primera línea de la Iglesia. Su tarea es enorme y apasionante. Son esas “iglesias domésticas”, cuya mera mención sobrecoge por su grandeza y su misión. Por eso es bueno que los matrimonios, para ser lo que deben ser, miren siempre a la Familia de Nazaret, recen a quienes la forman, se dejen impactar por su paz, belleza y armonía, y ante esa magna escuela de fe descubran la hermosísima misión de los hogares cristianos, que ardientes en amor, fe y esperanza están llamados a dar testimonio de lo que es vivir en la luz y el calor de la ternura de Dios a un mundo que se encuentra sumido en la oscuridad de la cultura de muerte y tirita de frío porque se viene escurriendo del abrigo de la Iglesia del Señor, Ecclesia sua.
Luis Fernando Figari
Primer Superior General del Sodalitium Christianae Vitae y
Fundador del Movimiento de Vida Cristiana
Primer Superior General del Sodalitium Christianae Vitae y
Fundador del Movimiento de Vida Cristiana
Intervención en el V Encuentro Mundial de las Familias
Valencia (España), 5 de julio de 2006
Valencia (España), 5 de julio de 2006
viernes, 6 de abril de 2012
La Cruz de Cristo
Jesús en la Cruz, retenido en el madero por punzantes clavos, nos recuerda que Él siempre está con nosotros. Nos recuerda que el incoado sacrificio de la Cruz se prolonga a través de la historia, que Jesús muere incruentamente en cada Misa que se viene celebrando en el mundo desde hace dos mil años; es una prolongación sacramental del Calvario.
Esa magnitud del sacrificio reconciliador, al tiempo de mostrarnos lo inmenso de nuestros pecados, nos enseña también una dinámica muy clara. Quien no se sumerge libremente en el dinamismo kenótico —es decir de abajamiento hasta la muerte— no tendrá parte en el dinamismo ascensional —es decir la fuerza de la resurrección que nos lleva a los nuevos cielos y a la tierra nueva—. ¡No hay cristianismo sin cruz! Y no sólo me refiero a los esfuerzos y trabajos de servicio a los hermanos, que en alguna ocasión pueden ser cruces, u otras circunstancias de mortificación, sino principalmente a la muerte del hombre viejo, tarea fundamenal del hijo de la Iglesia que quiere alcanzar la vida plena en Jesús. (…)
La Cruz con el Crucificado nos recuerda la magnitud de su amor y el horizonte de nuestra respuesta. La Cruz sola nos recuerda el camino. San Agustín decía con bello simbolismo que en un mar tempestuoso, como muchas veces es nuestra propia vida, sólo aferrándonos al madero podremos salvarnos, solo aferrándonos con todas nuestras fuerzas a la Cruz, podremos alcanzar la plenitud y realización definitiva. Hay que interiorizar el dinamismo cruciforme de la existencia, y hay que aprender a llevar la cruz en el corazón, no como una imposición o un signo de tortura, sino como señal de reconciliación.
Luis Fernando Figari
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